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Un perro cualquiera

Lo único que sé con plena certeza es que debo seguir viviendo. Cada vez que salgo de mi refugio es la máxima que me marco, vive, vive un día más. No puedo evitar sentir angustia por el temor de perder lo único que tengo, mi vida, mi integridad. Cada vez que salgo se tensan mis músculos, se acelera mi corazón, pierdo el control de mí mismo sin poder hacer más que aferrarme a mis instintos más básicos. Sal de aquí, huye, pelea, corre, haz lo que sea pero sal airoso de los peligros una vez más, un día más, mantente con vida. Soy animal, sí, pero un animal que no ha nacido para estar aislado. Soy animal de grupo, de manada, de familia, como se quiera llamar, soy animal social. Pero no me siento acompañado. Al otro extremo de la correa, nada. La pasividad más absoluta. Compañero de viaje ausente, impasible ser humano que ha aprendido a dejar de ver, de oír y sentir algo tan simple, tan natural, como soy yo mismo. Humano que comprende cosas que yo nunca comprenderé, que maneja grandes masas de metal y las mueve a su antojo. Humano que evoluciona constantemente de una forma que yo nunca logaré alcanzar. Compañero de viaje mitad humano, mitad piedra emocional. Parece sacado de un mundo diferente al mío, ni me entiende ni parece querer hacerlo. Al menos eso percibo yo. Cada vez que salimos, en cada calle y cada esquina supero mis miedos en completa soledad, de una forma tan emocional y, por ende, instintiva, que me acerca más al comportamiento de una primaria lagartija con cerebro reptiliano que al del mamífero con enormes habilidades cognitivas y sociales que debería de ser.

 

Un día más, un reto más fuerte. No me he curado de la salida de ayer y se me presenta un nuevo reto. Angustiado, decaído y magullado aún por no haberme repuesto de los traumas pasados, obligado a ser nervioso en un mundo que no comprendo, nadie me dice lo contrario. Difícil es aprender a aceptar los retos que se me presentan día a día si cuando lo hacen me encuentro solo. Bebé sin madre, niño sin maestro, nadie me ha enseñado. Solo estoy y solo aprendo, mi instinto es la única guía que parece salvarme.

 

Cada vez que respondo ladrando, intentando ahuyentar aquello que me aterra, pocas son las veces en las que mi compañero deja de mirarse la palma de la mano para centrarse en mí. Lo normal es que hable con su mano sin hacerlo con nadie físico o que se pase largos periodos de tiempo mirando un trozo de plástico y cristal. De esas pocas veces que sí interviene en mis miedos yo solo oigo gemidos, llantos y en ocasiones cuando está fuera de sí, ira, agresividad y frustración. No nos entendemos. Yo, tengo un problema, yo siento verdadero temor por mi vida, de veras que lo hago, y eso es algo que él parece que nunca comprenderá. No estoy bien, no me gusta lo que está pasando, sufro y no quiere darse cuenta. Solo se fija en mí para decirme que también tiene miedo, que también es incapaz de superar este conflicto, que es débil igual que yo, pero por algún motivo que desconozco, termina siempre acercándose a lo que ambos tememos. Yo sigo frustrado y temeroso y él anda impasible. No te entiendo y por eso dejo de escucharte, no estás a la altura de estas circunstancias y me creas más frustración de lo que soy capaz de soportar. Por eso bostezo, me sacudo, jadeo, tiemblo y castañeo los dientes, todo lo hago con ánimo de calmarme pero necesito ayuda real. Necesito una familia, un padre, una madre, una guía que me haga comprender cada paso que doy, que me haga sentir que todo va bien, que me enseñe que aquello que temo no es real. Acaso no ve que si estoy tan nervioso, tan emocional y tan instintivo es únicamente por el hecho de que no sé qué hacer, que no sé cómo gestionar todas las amenazas que me acechan en este incomprensible mundo de asfalto.

 

Y otro día más. Condenado a ser arrastrado por esta cuerda que me une a quien no entiendo. Otro día de incomprensión hacia mi compañero y de aprendizajes solitarios, aprendizajes emocionales.

 

Veo a lo lejos el mayor de mis temores. Ese gran animal que no anda pero se desliza con ese ruido atronador similar al prólogo de grandes tormentas. Viene hacia mí y no puedo escapar. Golpeo con fuerza mis ataduras intentando zafarme de aquello que me obliga a mantenerme estático, a aquello que me obliga a enfrentarme a lo que temo. Ya está aquí, está casi encima de mí, saco mis dientes, me agazapo y protejo mi vientre con mi cola, solo quiero decirle que no se acerque más, que le temo y que quiero que se marche. Nada parece funcionar. Cuando va a alcanzarme lucho, lucho por mi vida, lucho de igual forma que haría cualquier animal atrapado, quiere matarme, esa es mi realidad y no puedo perder lo único que tengo, mi vida. Gracias a mis reflejos y a mi instinto el mal parece haberse marchado pero mi compañero comienza a golpearme con la correa, me golpea en el hocico, me golpea en las costillas, no quiero que sigas, te tengo miedo, me rindo a ti pero no cesas, me das tanto miedo que vuelvo a temer por mi vida y respondo de igual forma hacía ti. No quería hacerlo pero ibas matarme, eso me has mostrado, sin duda yo lo he vivido así, siento haberte mordido pero no he tenido más opción, es mi naturaleza, sobrevivir.

 

Pasan los días y mi compañero ya ni me mira. Pasan los días y me siento más solo. Intento buscarte pero ya no me miras igual. Ya nada es lo mismo.

 

Un paseo más, nuevos retos en diferente ruta. Parece que esta vez iremos a otro lugar. Creo reconocer este sitio, aquí no lo he pasado muy bien otras veces y me voy poniendo nervioso, una vez más, solo. Se acerca a mí un hombre, éste parece tranquilo, me toca me calma y noto dolor. Ya no estoy nervioso. Voy teniendo sueño, mucho sueño. 

 

 

 

 

Pascual Verdú (Adiestrador inscrito en el Registro Oficial de Adiestradores Caninos Capacitados de la Comunidad Valenciana CV-ACC70)

Tera-Can (Pascual Educación Canina en Alicante). Conoce más sobre el maravilloso mundo canino. Resuelve problemas de conducta y malos hábitos de tu perro simplemente usando sana y natural comunicación canina. Educación Canina y Adiestramiento Canino Alicante.  

 

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